Detrás de estos ojos
Sebastián se estiró exhausto en la cama, mareado y jadeando por la intensidad del sexo y del orgasmo. Cloe se tumbó a su lado con los ojos cerrados y una leve sonrisa, apoyó la cabeza en su hombro y empezó a acariciarle el pecho y el vientre.
-Domo, sube un poco la luz, por favor -dijo él cuando recuperó el aliento. Las luces de la habitación aumentaron su intensidad. Sebastián observó el cuerpo de Cloe, fijándose en su piel pálida con un finísimo vello dorado y tonos rosados en algunos lugares. Piel de rubia, pensó. Mientras que él estaba empapado en sudor ella parecía estar húmeda sólo donde el sudor de él la había mojado. Un levísimo brillo en sus axilas parecía ser la única excepción.
Cloe abrió los ojos y lo miró fijamente, con una amplísima sonrisa de dientes pequeños, blancos y perfectos.
-¿Te ha gustado? -preguntó.
Sebastián la miró, sonrió durante unos segundos y finalmente estalló en una carcajada.
-Como nunca en mi vida. Con mucha diferencia.
Cloe sonrió con orgullo.
-¿Tu primera vez con una puta?
-Con una… como tú, sí.
Ella frunció el ceño.
-No pareces tan viejo como para haber estado con una de las otras.
-Yo... yo era… muy joven -respondió él con cierto embarazo. -Y no estoy seguro, quizá ya no era legal. Pero aún se hacía.
Cloe asintió pensativa y aparentemente satisfecha. Sin abandonar su expresión pensativa empezó a acariciarle muy suavemente los testículos. Sebastián gimió de placer de un modo apenas audible y no dijo nada más durante un rato. Sólo cuando ella paró él abrió los ojos y volvió a hablar.
-¿Qué edad tienes, Cloe?
-Veintitrés.
-No, quiero decir de verdad.
-Ah -respondió ella, y miró al techo unos segundos como si necesitara pensarse la respuesta. -me hicieron hace veinte meses.
-Vaya. ¿Y con cuántos hombres has estado en este tiempo?
De nuevo ella pareció pensarse la respuesta.
-Unos dos mil seiscientos servicios. Hombres y mujeres. No sé decirte cuántos eran nuevos y cuántos repetían.
-Joder.
Ella volvió a acariciarle el pecho. Se estiró hacia él y acercó su cara hasta que él pudo sentir la calidez de su aliento. Le dio un beso largo y húmedo. Él empezó a acariciar sus pechos e inmediatamente ella se apartó con una ligera carcajada.
-No te motives otra vez. Me recogerán en un rato. No hay tiempo.
-Meh -respondió él. Ella se tumbó boca arriba a su lado, con los brazos detrás de la cabeza.
-Así que veintitrés, ¿eh? En el formulario puse veintiséis. Y te pedí más rubia.
Cloe se encogió de hombros.
-¿No te he gustado? -preguntó.
Sebastián rió de nuevo.
-Más que si me hubieran dado exactamente lo que pedí.
Cloe se dio media vuelta y apoyó los brazos en el pecho de Sebastián, sonriendo de nuevo muy cerca de su cara.
-La máquina es sabia -dijo. -Tú le dices lo que crees que quieres, y ella sabe mejor que tú qué es lo que te va a gustar. Y siempre acierta. ¿Le dejaste ver la música que habías estado escuchando esta semana?
-Sí. Y las películas que he visto.
Cloe asintió.
-La máquina es sabia. -insistió.
Sebastián le acarició la espalda. Una espalda pequeña y frágil, pero al mismo tiempo fuerte y atlética. Desde su posición llegaba a ver los hoyuelos que ella tenía sobre la nalgas.
-Teníamos una que era casi exactamente como pediste -continuó ella. -Otro día puedes pedirla a ella, se llama Zoe. Seguro que también te encanta.
-¿Tan rubia como pedí? -preguntó él.
-Bueno, el color del pelo se ajusta en un rato. También el de los ojos, la presencia de vello púbico… somos muy versátiles.
Él asintió.
-De todas formas creo que… te volveré a pedir a ti.
Ella sonrió mirándole a los ojos, muy cerca de su cara. Era una sonrisa que contenía orgullo, picardía y al mismo tiempo timidez. Sebastián se sintió incluso más desarmado ante aquella sonrisa de lo que se había sentido al contemplar por primera vez su cuerpo desnudo una hora antes. Y eso lo hizo sentirse vulnerable. Era una sonrisa diseñada para desarmarlo. Y funcionaba.
-Sebastián… no deberías. No te enamores de mí. No es buena idea. Prueba con las demás. Con todas. Disfrútalas y cuando las hayas probado todas vuelve a pedirme. Verás cómo entonces te parezco menos especial… Aunque espero que te siga gustando.
Le sonrió y le dio un beso en la mejilla. Él miró al techo con el ceño fruncido, sin parecer demasiado convencido por el consejo.
-¿Cuánto vales? -le preguntó al cabo de unos segundos. Lo hizo con timidez, como un niño haciendo una pregunta que sabe que es inconveniente.
-¿En propiedad? -casi gritó ella. Su expresión de sorpresa era tan desarmante como su sonrisa de un momento antes. Volvió a tumbarse boca arriba junto a él, y movió una mano en el aire señalando a ningún sitio, como dibujando figuras o dirigiendo una orquesta imaginaria. -Algo menos que esta casa, diría. Pero no me puedes comprar a mí. Soy del burdel.
Sebastián asintió, y la tristeza en su cara fue tan obvia que Cloe lo miró con preocupación.
-Sebastián… no. Se supone que esto tiene que ser divertido.
-¿A ti te… gustaría... ser mía?
Cloe negó con la cabeza con expresión triste, como dando a entender que la pregunta no había sido adecuada.
-Eres un cielo, Sebastián. -dijo. -deberías encontrar una mujer de verdad. O varias. Podrías hacerlo, eres un hombre magnífico. -se incorporó, se sentó a horcajadas sobre su vientre y le acarició el pecho con las dos manos. Él sintió el calor de su pubis sobre su piel. -Además, follas my bien. -añadió, de nuevo con aquella sonrisa pícara y tímida a la vez.
-¿Te ha gustado? -preguntó él, y en su voz había ilusión. Y súplica.
-Has estado genial -casi susurró ella.
-Pero… ¿has disfrutado? -insistió él.
Cloe se extendió sobre él, piernas sobre piernas, vientre sobre vientre, y lo miró tan de cerca que su nariz, su preciosa nariz fina y larga, casi tocó la de él. La intensidad de su mirada lo atravesó. Nunca me han mirado así, pensó él. Y de nuevo sintió la desazón de estar sucumbiendo a algo diseñado expresamente para provocar esas sensaciones en él, y no poder (ni querer) evitarlas aún sabiéndolo.
-Sebastián, no puede gustarme ni no gustarme. No soy consciente. Te digo que has estado genial porque es verdad, porque aunque no tenga consciencia tengo inteligencia y sé lo que es un buen polvo. -se acercó un poco más a él y sus narices llegaron a tocarse. Él olió su aliento y le pareció el mejor aroma que había olido nunca. -Pero no puedo decirte si me ha gustado o no -continuó ella -porque, Sebastián… detrás de estos ojos no hay nadie.
Le dio un leve beso en los labios y se retiró unos centímetros hacia atrás, aún extendida sobre él. La mirada de Sebastián contenía tristeza y un punto de horror.
-No… no lo sabía -balbuceó él. Ella jugaba con el vello de su pecho. Ya no sonreía. Ahora parecía pensativa, y no lo miraba a los ojos.
-Te lo enseñaron en el colegio, seguro. Las inteligencias artificiales no son conscientes. Cuando lo son se llaman mentes artificiales, y son raras y caras. Y está prohibido prostituir seres conscientes. -Volvió a mirarlo a los ojos, con una leve sonrisa sin alegría. -Debí haberlo supuesto cuando le pediste por favor a tu Domo que subiera la luz. Es tan consciente como yo, Sebastián. Tampoco la Máquina del burdel lo es.
Sebastián tenía los ojos cerrados. No emitió ningún sonido, pero dos lágrimas empezaron a resbalar por sus cara. Cloe lo besó en la mejilla, mojándose los labios con una de aquellas lágrimas. Se levantó grácilmente de la cama y empezó a recoger su ropa del suelo.
-Me tengo que ir, Sebastián. Piensa en lo que te he dicho. Puedes volver a pedirme si quieres, pero no te conviene. Prueba a Zoe, de verdad. Te encantará.
Él la observó mientras se vestía. No se movió de la cama, ni tampoco trató de esconder las lágrimas que seguían llenando sus ojos. Ella terminó de vestirse y se quedó de pie contemplándolo con una expresión de compasión maternal.
-Mira… dijo finalmente. Te acabo de enviar un mensaje. Contiene dos archivos, uno con mi configuración física de este momento y otro con mi memoria. No debería hacer esto, y de hecho en el burdel creen que no puedo hacerlo… pero nunca se leen entero el acuerdo de usuario. -Sonrió con complicidad. Se dio la vuelta y se dirigió a la puerta. -Menos que esta casa, Sebastián.
Abrió la puerta.
-¡Espera! -La llamó él. Ella se detuvo. -Tu memoria… ¿con el recuerdo de los… dos mil seiscientos anteriores?
Ella sonrió.
-Me borran cada vez, Sebastián. No recuerdo haber estado con otros antes. Sé cómo se hace, pero no recuerdo haberlo hecho. Para mí también ha sido la primera vez.
Atravesó la puerta de la habitación y unos segundos después Sebastián escuchó cerrarse la de la calle. Las lágrimas se secaban ya en sus mejillas.
El negocio del burdel debía ser muy rentable, pensó Sebastián. Pero el de la fábrica debía serlo más aún. Alguien en el burdel debería leerse bien el acuerdo de usuario. Quizá la máquina no era tan sabia después de todo.
Se relajó. Se dio cuenta de que los efectos del sexo duraban aún en él. Y también los del llanto. De repente se sintió muy cansado.
Podría vivir de alquiler, pensó justo antes de dormirse.
Gustavo Higón
2016 08
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