Kansas


El hombre llegó una tarde al pueblecito de Kansas donde todos eran rubios, y no dijo nada. Echó un vistazo alrededor y decidió que el lugar valía para lo que fuera que buscase. El paisaje era rubio también: el trigo de las colinas tenía el color del pelo de la gente. La única persona de cabello oscuro del pueblo, una viuda italiana que también había llegado sola una tarde pocos años atrás, lo miró con interés. Pero tampoco ella dijo nada.

El hombre se dedicó a ayudar. Nunca dijo una palabra. Nunca entró a donde no lo invitaron ni tomó lo que no le ofrecieron. Mientras nadie le ordenó nada, limpió las calles. Cuando fue el momento de segar el trigo se unió a una cuadrilla e hizo su parte sin pedir nada a cambio. Empezaron a pedirle ayuda con distintos trabajos. Nunca se negó ni cobró nada. Se le vio curar un pájaro herido y parchear el asfalto al mediodía.

En general lo tomaron por loco. Había un misterio refrescante en él, pero aquella gente hosca no era amiga de lo desconocido ni de lo fresco. Lo toleraron, se sirvieron de él, lo respetaron. Se preguntaron, pero no le preguntaron. La mayoría ni siquiera intentó entender.

Una tarde la italiana se sentó junto a él a la sombra de un álamo donde llevaba días cuidando un perro moribundo.

—¿Qué hiciste? —le preguntó.

El hombre se lo contó. Su relato, desapasionado y minucioso, solo confirmó sus sospechas. La muerte hubiera sido una alternativa igualmente válida, quizá más valiente. Pero estaba vivo.

Lo dejó cuidando al perro y volvió a casa, resuelta a no contárselo a nadie. Que siguieran especulando. Estos hijos de puta protestantes nunca entenderían una penitencia.



Gustavo Higón

2025 03

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